Publicado el: 5, Sep, 2014

Gustavo Cerati: el último vuelo del ángel eléctrico


Gustavo Cerati: el último vuelo del ángel eléctrico
05/09 – 09:50 – A los 55 años, falleció uno de los más grandes músicos del rock argentino, cuya obra inspiró y conmovió a varias generaciones.

Por: Sebastián Ramos
Fue un ángel eléctrico, un hombre alado, un habitante de lo extremo. Guitarrista y cantante eximio, inspirador de varias generaciones y artista esencial del rock argentino con proyección internacional, Gustavo Cerati murió ayer a los 55 años. Apenas se conoció la noticia, se lo evocó con música, lágrimas y la tristeza que sobreviene cuando se ahoga una esperanza, aunque sin dudas a su figura y sus canciones les aguarda esa eternidad con la que él tanto soñó.

El paso del tiempo ha sido una obsesión sin límite para Cerati. “Cuidado con Dorian Gray y su espejo retrovisor”, cantaba ya a los 20 años, a principios de la década de los 80, en los comienzos de Soda Stereo. “Rebobinando hacia adelante, te alcanzo”, escribió para “Déjà vu”, tema de su último álbum solista, editado en 2009. En el medio, encerró esa obsesión en una de esas definiciones pop que lo hicieron uno de los artistas más relevantes de América latina, con palabras que marcaron su camino hasta los últimos días y que, seguramente, lo sobrevivirán: “Siempre es hoy”.

“Siempre es hoy, como frase o como eslogan, es un concepto que, de alguna manera, siempre usé en mis canciones. Lo que me parece interesante es la energía que proyecta esa idea. Es como la respuesta o la justificación a esa necesidad de permanecer en el tiempo”, decía, en 2002.

Quiso el destino que desde aquella noche del 15 de mayo de 2010, cuando sufrió el ACV que lo dejó en coma durante cuatro años y cuatro meses, su frase emblema lo sobrevolara a cada instante. Vivir en un presente constante fue un karma y una profecía autocumplida. “Mi pasión del porvenir es la eternidad. No me hablen de esperanzas vagas, persigo realidad.”

En su obra, “Siempre es hoy” funcionó como un faro similar a aquel “mañana es mejor”, de Luis Alberto Spinetta, potenciado aquí por la fantasía personal de permanecer, de durar, de eternizarse. Una ambición con banda sonora que mantuvo desde su adolescencia, cuando por primera vez escuchó a Jimi Hendrix con la cabeza metida entre los parlantes del combinado familiar.

No hay una fecha exacta, pero desde hace décadas su música cumplió aquel sueño de eternidad. “Por favor, déjame vivir este sueño, el mejor que he tenido”, cantó en una de sus canciones más sónicas.

Enemigo del pensamiento hermético, Cerati chocó de frente con el rock de los 80 a puro desparpajo, con luces estroboscópicas pegándote en la cara y la necesidad de explotar que se corporizó con la democracia y que utilizó la imagen como medio. El ojo en tu ojo. “Cuando Soda Stereo empezó a tomar forma, quisimos hacer algo estético, que tuviera una imagen propia. Pensamos en la idea, el concepto del grupo, cómo teníamos que vestirnos y aparecer en público. Todo eso fue pensado por nosotros mucho antes de grabar”, decía Cerati, orgulloso ante la prensa, en 1985, en medio de la marea de su segundo disco, Nada personal, en el instante previo al estallido de la sodamanía en América latina.

“Probaste luna y bebiste cielo, y siempre sueñas con volver a los viejos buenos tiempos. Después de tanto andar, tanto andar, estás en el mismo lugar, mismo lugar. Sal del camino, toma la ruta, será diferente, diferente, diferente?” Cerati decía que no escribía poesía, pero estaba convencido de que hacía las mejores canciones del mundo, las más luminosas. Y allí encontró la clave de su éxito: ser otro, ser como nadie ha sido. Ser él.

“El mérito mío tiene más que ver con la comunicación que con la idea de ser vanguardia. Mi estrella tiene que ver con el pop y con que la gente lo entienda. Yo soy un comunicador, más que un poeta”, solía excusarse con esa capacidad innata para el verso-eslogan, de manual publicitario si se quiere, con el que retrató con inteligencia y sensualidad esta era dorada de la imagen. “Dejalo ser, dejalo sacudirse bien. No hay trampa en esto. Ya vas a ver cómo tu cuerpo se abre. No esperes más de mí.”

La contradicción permanente (“una de mis principales sensaciones es que estoy dispuesto a traicionarme todas las veces que sean necesarias con respecto a lo que hago”); la obsesión por la musicalidad de las palabras (“siempre escribí las letras pensando más en su sonoridad que en lo que significan en sí las palabras”); la autoimpuesta obligación de mantenerse en movimiento (“mis discos son como una fotografía que sacó otro mientras yo ya estoy en otro lugar”); el amor por la multiplicidad (“creo que me diversifico lo más posible, porque en todo esto encuentro emoción o algo que me hace bien. Siempre estuve lleno de contrastes”), y el exigente cuidado de la imagen fueron sólo algunos de los conceptos con los que Cerati construyó una obra inmensa, arriesgada, poética, psicodélica y, por sobre todas las cosas, distinta, diferente.

Canción animal

“Me he prendido fuego tantas veces que ahora el planteo es distinto. ¿Qué es el rock para mí? Ver si puedo durar.” Siete años atrás, poco antes de subirse a la montaña rusa del regreso de Soda Stereo y recientemente recuperado de una “trombosis venosa” que lo había obligado a cambiar ciertos hábitos, Cerati se proponía un nuevo desafío y lo hacía canción: “Que durar sea mejor que arder”, cantaba en “La excepción”, del disco Ahí vamos (2006).

Desde entonces, Cerati realizó la gira latinoamericana más extensa de su carrera con Ahí vamos, su álbum solista más exitoso, que cerró con un multitudinario show gratuito en la Capital Federal (ante 200.000 personas y con el plus de compartir dos temas con su ídolo Spinetta); tras diez años negándose, rearmó Soda Stereo y llevó a cabo un maratónico tour que incluyó seis conciertos en River (lo que se convirtió así en la mayor serie de conciertos hechos en el estadio de Núñez en la historia de la música popular argentina); grabó y editó el álbum Fuerza natural y, como fue costumbre en sus casi treinta años de trayectoria, volvió a salir de gira para apoyar con sudor y canto su obra.

“Hay como una energía media zarpada en hacer música así, todo el tiempo, sin detenerse. Cuando uno está montado en esa situación, es muy difícil que te des cuenta de algo más. Vas, vas, vas, de eso no hay duda, pero también creo que cierta sabiduría hay que empezar a incorporar para economizar energía. Está claro que el desboque total ya no me lo banco, el cuerpo me dice: «Flaco, pará». Hace un tiempo que tengo ese plan, pero algunas cosas me dicen: «Bueno, poné en marcha ese plan de una vez»”, confesaba el músico, en aquella entrevista con la nacion, consciente tanto de las posibles consecuencias de su enfermedad como de sus debilidades para afrontarla.

Animal de escenario, Cerati sufrió a mediados de mayo de 2010 un accidente cerebrovascular, poco después de finalizar lo que sería su último concierto, en Caracas, Venezuela. Más allá del imaginario popular de sexo, drogas y rock and roll, Cerati siempre vivió la música de manera intensa, sea en tortuosos procesos creativos como el previo al disco Signos, de 1987 (“me encerré en mi departamento durante semanas, estaba muy mal en esa época y fue la grabación más angustiante de mi vida”), como en la idea de movimiento constante que lo llevó a investigar los secretos del pop, el rock y la música electrónica sin descanso, buscando la perfección de manera obsesiva. “Una vez que entraste al estudio con Gustavo, no sabés cuándo salís. Él no para y por ahí podemos estar días enteros probando con un tema hasta que quede perfecto”, contó alguna vez Fernando Samalea, amigo y baterista de las últimas bandas que acompañaron a Cerati en grabaciones y giras.

“Para mí tocar es divertirme, es gozar, es lo que me da la vida. No sé qué sería de mí, de mi vida, si no pudiese tocar”, decía ya en los inicios de su carrera, cuando al frente de Soda Stereo se vestía de conquistador de América. Ayer, luego de una extensa lucha por sobrevivir, Gustavo Cerati falleció debido a un paro respiratorio y, paradojas de esta vida cruel, en ese mismo instante selló su inmortalidad y la de sus canciones, ese anhelo que lo impulsó desde siempre. Y sí, claro, gracias… totales. (La Nación)

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