Publicado el: 16, Oct, 2014

Fuera de control: cómo el mundo dejó que el ébola se propagara


Fuera de control: cómo el mundo dejó que el ébola se propagara
16/10 – 10:30 – La epidemia dejó al descubierto la desconexión entre la percepción de los organismos de la salud mundial y la realidad en el control del virus; los especialistas no dimensionaron la escala potencial del desastre cuando se originó en África.

Por: Joel Achenbach y Lena H. Sun
Tom Frieden recuerda a la joven de cabellos teñidos de un dorado cobrizo y meticulosamente trenzados, tal vez por alguien que la amaba mucho. La joven yacía boca abajo, con medio cuerpo fuera del colchón. Estaba muerta desde hacía horas, y las moscas ya habían descubierto la carne desnuda de las piernas.

Cerca de ella, yacían otros dos cuerpos. Los pacientes postrados que todavía no habían sucumbido ante la enfermedad decían: “Por favor, llévenselos de acá”, en referencia a los cadáveres.

Frieden, director del Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC, por sus siglas en inglés), sabía que llevarse adecuadamente un cuerpo infectado con el virus del ébola no era cosa fácil. Hacen falta cuatro personas con trajes de protección y que cada una tome uno de los extremos de la bolsa. Ese triste día de fines de agosto, en una improvisada guardia de enfermos de ébola en Monrovia, Liberia, los equipos de entierro ya habían cargado a 60 víctimas hasta un camión que luego las llevaría hasta el crematorio.

Frieden ya había visto muchos muertos a lo largo de los años, pero esto era mucho peor de lo que esperaba: una peste a escala medieval. “Una escena dantesca”, lo definió.

Consternado, Frieden regresó a Estados Unidos el 31 de agosto e informó de inmediato por teléfono a Barack Obama. El margen de tiempo para actuar se estaba achicando, le dijo al presidente en una conversación de 15 minutos.

Esa charla, casi seis meses después de que la Organización Mundial de la Salud (OMS) se enterara de un brote de ébola en África Occidental, llegó en el momento en que los líderes mundiales recién empezaban a darse cuenta de que estaban perdiendo la guerra contra el virus. Y hasta principios de septiembre, cuando ya había más de 1800 casos confirmados en Guinea, Sierra Leona y Liberia, no hubo una respuesta global coordinada para enfrentar la epidemia. Alarmados, los funcionarios norteamericanos advirtieron que tal vez tendrían que convocar a los militares.

Finalmente, Obama ordenó el envío de 3000 efectivos a África Occidental. A principios de este mes, cerca de 200 efectivos habían llegado a la zona. A los militares se sumarán trabajadores de la salud de países como Gran Bretaña, China y Cuba. Canadá y Japón están enviando trajes protectores y laboratorios móviles. También contribuirán organizaciones sin fines de lucro, como la Fundación Gates. Pero queda por verse si esta tardía reacción, por decidida que sea, es suficiente para frenar la epidemia antes de que se cobre decenas de miles de vidas.

Estamos frente a una crisis de final abierto que involucra a una amenaza microscópica en avance. En los últimos días, se conoció la inquietante noticia de que el ébola había cruzado el Atlántico hasta un hospital en Texas, donde un hombre que había estado en Liberia murió, al tiempo que dos enfermeras se infectaron en Estados Unidos . ¿Cómo fue entonces que la situación se salió de control tan espantosamente?

El virus rápidamente pasó por encima a una respuesta lenta y vacilante. La OMS, que depende de las Naciones Unidas, es responsable de la coordinación de las acciones en una crisis como ésta, pero sufrió recortes presupuestarios, perdió a muchas de sus mentes más brillantes y se demoró en dar la voz de alarma a nivel mundial: no fue hasta el 8 de agosto, cuatro meses y medio desde el inicio de la epidemia, que la organización declaró una emergencia sanitaria global.

Los anteriores brotes de ébola fueron rápidamente frenados, pero en este caso la experiencia condujo al error, y los funcionarios no captaron la escala potencial del desastre. Lo que imaginaron no se correspondía con la virulencia del virus.

“En retrospectiva, podríamos haber respondido antes. Algunas de las críticas son justificadas”, reconoció Richard Brennan, director del Departamento de Manejo de Riesgo de Emergencias y Respuesta Humanitaria de la OMS. Pero agregó: “Si bien aceptamos algunas de las críticas, también creo que tenemos que poner las cosas en perspectiva. Este brote tiene una dinámica distinta a todos los anteriores, y creo que nos tomó a todos desprevenidos”.

La epidemia dejó al descubierto la desconexión entre las aspiraciones de los funcionarios de la salud mundial y la realidad de control de las enfermedades infecciosas. Los funcionarios mantienen sesiones de estrategia a la distancia sobre cómo combatir las nuevas enfermedades y el bioterrorismo, mientras los médicos y las enfermeras que están en el campo de batalla no cuentan con guantes de látex, trajes protectores, líquidos rehidratantes o trabajadores que lleven los cadáveres hasta la morgue.

“No podemos esperar a que en esas reuniones de alto nivel decidan lo que debe hacerse entre cócteles y canapés”, exclamó Joanne Liu, directora internacional de Médicos sin Fronteras (MSF), cuando se enteró de una nueva iniciativa de las Naciones Unidas. MSF fue una de las primeras organizaciones en responder a la guerra desatada por el virus y mantuvo a su personal en África Occidental a lo largo de toda la crisis sanitaria.

África Occidental estaba mal preparada para un brote de ébola debido a que la guerra civil y la pobreza crónica habían socavado los sistemas de salud locales y había pocos médicos y enfermeras. Los trabajadores de la salud de la región jamás habían tenido la experiencia de un brote de ébola y no reconocían los signos que veían en esos primeros meses críticos. Hace seis meses, el brote pareció ceder, y los funcionarios se confiaron demasiado. Y fue entonces cuando el virus dio el salto de las aldeas rurales a las ciudades superpobladas.

Las costumbres locales en el manejo de los muertos propagaron el contagio. Algunos habitantes de África Occidental creen que el día en que uno muere es uno de los más importantes de nuestras vidas. El adiós definitivo suele ser un ritual cariñoso en el que el cuerpo es lavado y vestido, y en algunas aldeas es paseado por toda la comunidad, oportunidad en la que los familiares y amigos comparten su bebida favorita colocando la copa sobre los labios del difunto antes de llevársela ellos mismos a la boca.

Y, en definitiva, el propio virus jugó un rol crucial en la aceleración de la crisis. El ébola, a pesar de no ser ni remotamente tan contagioso como otros virus, es inusualmente letal y, en consecuencia, sumamente aterrador. Muchos trabajadores de la salud y voluntarios extranjeros huyeron de la región, y fueron pocos los dispuestos a llegar para reemplazarlos.

Se trata tanto de una peste biológica como psicológica, y el miedo puede esparcirse aún más rápido que el virus.

Un virus no es algo que esté realmente vivo, en el sentido formal de la palabra, ya que no puede vivir fuera del organismo huésped. El ébola es un Filoviridae y tiene la forma de un fideo. La capa de protección proteica envuelve una cadena de ARN, el primo simple del ADN. Podría decirse que un virus es pura información con instrucciones para replicarse.

El ébola no es ni remotamente tan contagioso como, por ejemplo, el sarampión o la gripe. Sólo se transmite a través de los fluidos corporales y después de que se manifiestan la fiebre y otros síntomas. Pero el período de incubación, después del contagio y antes de que se manifiesten los síntomas, suele durar alrededor de una semana, aunque puede llegar a durar hasta 20 días. Los infectados pueden viajar grandes distancias antes de pasar a ser contagiosos. Los síntomas iniciales son similares a los de la malaria o la gripe, lo que dificulta y confunde un diagnóstico preciso.

Los primeros casos de ébola se manifestaron a fines del año pasado en Guinea, en el bosque tropical del distrito de Guéckédou, cerca de la frontera con Liberia y Sierra Leona. Nadie sabe exactamente en qué momento el virus dio el salto hacia la población humana, ni de qué especie animal -una posibilidad es el murciélago de la fruta-, pero se cree que la primera víctima fue una chica de dos años o alguien cercano a ella.

Al principio, los médicos creyeron que se enfrentaban a la fiebre de Lassa, una fiebre hemorrágica viral similar al ébola, ya que decenas de personas caían enfermas y más de la mitad moría.

El virus pasó desde Guinea hasta Liberia, donde dos personas murieron a fines de marzo pasado. El 1° de abril, Sierra Leona informó que dos ciudadanos de ese país habían muerto en Guinea, probablemente víctimas del ébola, y que sus cuerpos ya habían sido repatriados. Ese mismo día, la OMS hizo un llamado a la calma.

“Sigue siendo algo relativamente pequeño. Los peores brotes no superaron los 400 casos”, dijo entonces Gregory Hartl, vocero de la OMS, en una conferencia de prensa en Ginebra, en referencia a los brotes previos de la enfermedad, en Congo y en Uganda.

La OMS tomó internamente la decisión de clasificar la crisis en el nivel 2 de una escala de 1 a 3, en la que 3 corresponde a las emergencias sanitarias más graves.

Experiencia

Kent Brantly es un devoto cristiano de 33 años que hace seis meses trabajaba en un hospital de misioneros en Monrovia, dependiente de la organización humanitaria Samaritan’s Purse, con sede en Carolina del Norte. El hospital es conocido como ELWA, sigla en inglés de “el amor eterno vence en África”.

“Antes del ébola, la vida era buena en Liberia”, dice Brantly. A fines de marzo, cuando él y sus colegas se enteraron del brote, decidieron instalar una unidad de aislamiento en caso de que comenzaran a llegar pacientes con ébola. Descargaron de Internet una guía de 1998 sobre cómo controlar las fiebres hemorrágicas de origen viral y entrenaron a los empleados del hospital para protegerse del contagio.

Gran parte del personal no estaba de acuerdo con la decisión de abrir una guardia para pacientes de ébola y se quejaron ante Jerry Brown, director del hospital. Brown es un hombre de 44 años que exuda calma en medio del caos, una virtud que resultaría crucial en los meses por venir. “Nos estamos preparando para el futuro. Por las dudas, nada más”, les dijo a sus trabajadores.

Al principio, los pacientes con ébola llegaban de a uno, pero muy pronto el ritmo de ingresos se aceleró.

De repente, el mundo había empezado a prestar atención. El 24 de julio, la OMS elevó la alerta de crisis de nivel 2 a nivel 3. El 8 de agosto, la organización declaró la emergencia sanitaria mundial.

Como una señal de la endeble confianza en la capacidad de la OMS de coordinar una respuesta ante la epidemia, el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, designó el 12 de agosto a David Nabarro, un veterano solucionador de problemas de 65 años, como coordinador general de las Naciones Unidas para el ébola.

En el transcurso del mes siguiente, Nabarro viajó a 21 ciudades en tres continentes, intentando conformar una coalición y mostrándoles a todos un ominoso diagrama que describía los cuatro posibles decursos de la epidemia. El mejor de esos escenarios posibles daba por terminada la crisis para mediados del año que viene. El peor escenario mostraba que la “epicurva” ascendía en la dirección equivocada, hacia la vertical de una catástrofe inimaginable.

La presidenta de Liberia, Ellen Johnson Sirleaf, criticó la respuesta de sus ciudadanos frente a la epidemia. “Hemos sido incapaces de controlar el contagio, debido a la negación contumaz, a las prácticas funerarias de esta cultura, a la indiferencia frente a las advertencias de los trabajadores de la salud, y al irrespeto de los consejos del gobierno”, dijo el 19 de agosto en un discurso al país.

Al día siguiente, Johnson Sirleaf ordenó que las fuerzas de seguridad aislaran la superpoblada villa miseria de West Point, en Monrovia, situada en una península sobre el océano Atlántico. Hasta el frente costero fue bloqueado, con botes de guardacostas que impedían el paso de las canoas de quienes remaban para escapar de esa comunidad.

Los disturbios no se hicieron esperar: los jóvenes se enfrentaron a pedradas con la policía, que intentaba dispersar a la multitud con disparos al aire. Un adolescente recibió disparos en ambas piernas y murió en el hospital.

Una semana más tarde, el gobierno puso fin a la cuarentena, y los habitantes celebraron en las calles la desaparición de las barricadas y de los soldados armados.

Pero el virus no había desaparecido. Hacia fines de agosto, la OMS ya reportaba 3685 casos en Guinea, Liberia y Sierra Leona, y 1841 muertes. Y ésa era apenas la cifra oficial, ya que los expertos creían que el verdadero número de víctimas era dos veces y medio más alto.

A principios del mes pasado, seguía sin haber acuerdo entre las principales organizaciones de salud y gobiernos del mundo sobre la respuesta más adecuada frente a la epidemia. A diferencia de otras respuestas ante un desastre, como en el caso del terremoto de Haití en 2010, la ONU no montó ningún operativo de envergadura. Y a pesar de la “hoja de ruta” de 20 páginas presentada por la OMS, nadie sabía a ciencia cierta cómo ponerla en práctica.

Las cifras siguieron subiendo de manera alarmante. El 23 de septiembre, un informe del CDC norteamericano estimó que sin una respuesta contundente ante la crisis para el 20 de enero próximo, el número de casos de ébola en Liberia y Sierra Leona podría ascender a 1,4 millones. El informe no incluyó a Guinea, donde los datos sanitarios son exiguos.

En tanto, la contundente respuesta de Nigeria logró limpiar del virus ese país con sólo ocho muertos. En Congo, por su parte, se reportó un brote de ébola independiente y no relacionado con la epidemia. Y en España se registró la primera infectada en territorio europeo: la enfermera Teresa Romero, que trató a un misionera que había contraído el virus en Sierra Leona.

Lo que ocurra a continuación con la epidemia estará determinado en parte por las cifras. Hasta ahora, hay 8997 casos confirmados o probables en Guinea, Sierra Leona y Liberia, y 4493 muertes. Actualmente, cada persona infectada contagia aproximadamente a dos más.

Para frenar la escalada de la enfermedad -y eventualmente detenerla-, los funcionarios deben revertir de alguna manera esas cifras. El brote recién empezará a ceder cuando cada infectado contagie, en promedio, a menos de una persona más.

Quienes están a cargo de detener la epidemia del ébola tendrán que lograr algo que hasta ahora no pudieron: ser más agresivos, más despiadados y más resistentes que el virus, que es una fuerza implacable e irracional que avanza siguiendo sus propias instrucciones genéticas. (La Nación)

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