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Omisiones y silencios del Estado: el ARA San Juan se perdió en el área geoestratégica más compleja del Atlántico Sur

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(Segunda parte) – (Por Javier Walter Sofía, exclusivo para OPI Santa Cruz) – Ver la realidad en éste y otros temas no es sencillo, ella se encuentra empantanada casi siempre en un lodazal de conveniencias e intencionalidades puestas allí ex profeso para que nos distraigamos con lo insignificante y perdamos el rumbo.

Nota previa

Nuestra nota previa El Juzgado de Caleta Olivia no tiene medios, capacidad, formación ni jurisdicción para actuar en el incidente del S-42 ARA San Juan recibió buenos y críticos comentarios. Se pedían soluciones, además de plantear problemas, pero estaríamos perdidos y huérfanos de “Estado” si tuviéramos que darlas desde aquí.

Aunque sería interesante que se reúnan los tres Poderes del Estado por ejemplo con la Academia Nacional de Geografía, y barajen y den de nuevo en las competencias territoriales de los tribunales federales.

Tal vez hasta podrían crear una “Cámara Federal de Apelaciones del Mar Argentino”, incluir su competencia territorial hasta las 350 millas en todas las aguas exteriores y de paso hacer un poco de docencia al país porque pocos saben hasta donde llega la “soberanía”, hasta donde “zona económica exclusiva” y qué diferencia existe entre ambas.

Por ello en esta serie de notas recurrimos a lo fáctico para tratar de echar algo de luz sobre lo que ocurrió con el submarino S-42 ARA San Juan, por respeto a los tripulantes y sus familias, y a nosotros mismos.

Lo que expreso puede no gustar pero después de más de tres meses de evasiones y confusiones considero que no debemos ser cómplices silenciosos de este incidente.

Con pedantería e indecencia ninguna autoridad parece hacerse cargo por lo ocurrido con el S-42, y frente a la mirada intrigada de la sociedad toda parece irse diluyendo la responsabilidad de funcionarios pasados y presentes en medio de las excusas de “está en la justicia” (a saber: la incumbencia de los actos de gobierno no es excluyente en relación a la división de poderes), y la vergonzosa expresión de “tal vez nunca lo encontremos” (que suena a: sin pruebas no hay culpables).

Trataré aquí un asunto que es de enorme importancia para entender el origen de la actividad naval del submarino en el lugar.

La ubicación del incidente

Cualquiera transite las llanuras de la provincia de Buenos Aires en época de inundaciones sabe que es mejor no adentrarse en los profundos bañados que se forman; frente a ellos cualquier automovilista sensato da la vuelta y busca una ruta alternativa aún teniendo un vehículo 4×4, y mucho más si conduce uno con infinidad de fallas técnicas.

Todas las inundaciones del país juntas son nada frente a los riesgos del mar argentino, allí el clima idílico de los films románticos es solo una ilusión y la seguridad debe ser siempre la principal variable a tener en cuenta.

Imagínese el lector un edificio de 4 pisos de altura, esa era la altura de las olas en la tempestad en el mar cuando se perdió el S-42, olas de entre 6 y 9 metros (Mar Grado 7 a 8 en la Escala Douglas, el máximo es 9) y ráfagas de viento entre 80 y 100 Km/h.

Tormentas como esa desplazan fuerzas tan poderosas que si pudiéramos aprovechar su energía permitirían iluminar toda la Capital Federal por meses.

Además cualquier embarcación que se aventure aguas afuera está a merced de las corrientes oceánicas de superficie, los vórtices oceánicos que se crean cuando estás son interceptadas por otras corrientes de fondo; y a esto debemos sumarle las tormentas eléctricas, vientos huracanados y otros fenómenos meteorológicos que quienes pisan suelo firme jamás han visto.

El mar argentino, el océano todo, es brutal e impiadoso; en una navegación de altura no solo se pone en juego la tecnología donde la más pequeña falla puede convertirse en una emergencia de vida o muerte; sino que además pone en juego a las tripulaciones en lo físico, mental y espiritual.

En el mar no estamos en nuestro elemento, allí no hay puntos de referencia y la desorientación es habitual, el esfuerzo de convivencia se dispara frente a la exigencia, y lo emocional y humano muchas veces juegan malas pasadas.

Ninguna fuerza naval ha podido superar sin esfuerzo estas y otras circunstancias a las que el océano somete a hombres y naves, es tal vez por ello que la disciplina naval es una de las más estrictas en la historia humana.

No cabe duda que la tripulación del S-42 paso por estas pruebas, y es seguro que conocía el estado y fallas del submarino; muchos se pueden preguntar por qué entonces decidieron embarcarse si hoy en el siglo XXI a nadie –militar o no, en democracia- se lo obliga a poner en riesgo su vida.

Viene aquí la primera definición: lo hicieron por vocación y responsabilidad, pero principalmente por amor al mar, y era esa elección o permanecer en tierra y posiblemente ser excluidos por desobediencia o pérdida de experiencia.

No es una novedad que las FF.AA. y FF.SS. en Argentina vienen de una progresiva decadencia de medios y presupuestos operativos que ha ocasionado un descenso brusco en la frecuencia del cumplimiento de su entrenamiento y hasta de sus misiones y funciones, pero que además ha transformado la dirección del aprovechamiento de sus recursos humanos.

No es extraño hoy ver oficiales con extensas fojas de servicio y frondosa experiencia en el mar, servir de custodios de seguridad de bancos privados como un extra de uniforme.

Ningún marino espera esto aunque no es una humillación pues todo trabajo es digno, pero ese cambio de dirección los aleja del mar, lo cual para muchos es como quitarles parte de su alma.

Pero no hay que confundirse, en las últimas décadas esto fue bien sabido por todas las sucesivas administraciones políticas y el tema es que prevaleció la intención por la cual los marinos deben salir al mar “con los medios disponibles, o se van a sus casas”.

De hecho se ha visto y se ve en las reparaciones de entrecasa del equipamiento, o la compra multimillonaria de medios usados “reacondicionados” que en muchos casos tienen 40 años de antigüedad.

Pareció no importar que la tripulación del S-42 se jugara la vida al caer en la trampa y ser traicionados por la corrupción, la mentira y la negligencia asistidas por un discurso embustero; no tengo que recordar que tanto la administración nacional anterior como la actual dijeron que teníamos submarino por “30 años” más.

Se hizo colisionar la obediencia de la disciplina naval contra la vocación por el mar, esto pudo llevar a la tragedia a los marinos del S-42 ARA San Juan, ello ocurrió en el abandono de un lugar tan peligroso como impredecible.

Frente a esto políticos de ambos lados y funcionarios parecen esconderse y no dar la cara como le corresponde a quienes han cobrado y cobran sus abultados sueldos del estado y han sido y son empleados de todos los ciudadanos.

Y existe aquí una carga ineludible de las líneas de mando de la defensa, de todas ellas, pues ha quedado demostrado que se necesita un mejor nivel de comunicación y una objetivación de la realidad naval.

Digo esto porque en sus condiciones –que ahora conocemos por los tan mentados “informes secretos”- el submarino nunca debió haber zarpado a una misión operativa y mucho menos haberse dirigido a la ubicación donde se extravió.

Y porque el proceso de información pública desde sus inicios siguió un ciclo tan parcial como confuso, muy similar al del “hundimiento” del pesquero chino en 2016; se debe entender que mientras se mantenga a las fuerzas armadas y fuerzas de seguridad como compartimientos estancos, secretos y aislados de la sociedad civil, jamás se obtendrá la confianza esperada por más de tres décadas.

Pero el peor truco contra la confianza pública es que se manifestó que el submarino estaba “en condiciones de navegar”, pero lo que no se dijo era cuáles eran esas condiciones, lo cual me hace recordar que toda verdad a medias es efectivamente una mentira.

Pero además esto excede lo sectorial pues la zona donde se perdió el S-42, y aquí aparece la segunda definición, es por mucho una de las más complejas y valiosas áreas oceánicas en el planeta por la suma de características físicas y condiciones geoestratégicas.

Argentina sabe esto y existen miles de publicaciones exaltando su riqueza e importancia, pero en la práctica aparece como un discurso vacío donde las escasas iniciativas que se toman son la confirmación de la norma.

Nuestro país no tiene políticas hacia el mar, la “cuestión de estado” en este asunto no existe y la percepción y práctica de su preponderancia posee un atraso de más de un siglo.

Esto ha convertido a la Argentina en poco menos que un mero espectador de lo que ocurre en su “jardín delanteroy en el hazmerreir del resto de las naciones por su inmadurez e inoperancia en el manejo de su espacio marítimo.

Luis Piedrabuena, Valentín Feilberg, Luis Py, Segundo Storni y Carlos María Moyano ya en el siglo XIX coincidían en el mar como uno de los pilares del futuro del país, muchos en cargos del estado deberían leer sus biografías.

Hoy se venden en España los calamares del mar argentino a razón de 2,5 Euros la lata de 72 gramos, es decir 34,5 Euros el kilo, o sea 34.500 Euros la tonelada, lo que es equivalente a $ 867.675 o u$s 43.189 la tonelada ($ 20,09 por cada dólar y subiendo).

Como ejemplo la F.A.O. para 2016 declaraba la pesca de 863.000 toneladas del calamar “Illex Argentinus” (o “Pota Argentina”) en 2014 (el 85% de esa cantidad fue por pesca ilegal), esto equivaldría a más de u$s 37.272 millones, o a más de $ 748.794 millones al dólar actual, y tan solo en una especie.

El gobierno ha anunciado que quiere que seamos “el supermercado del mundo”, y en ese contexto el precio final de rentabilidad de nuestras materias primas debería ser justamente el de las góndolas.

Solo para hacer un ejercicio: este calamar es exclusivo de nuestra zona, si pudiéramos acceder solo un 5 % de ese volumen, algo así u$s 1.863 millones, eso podría proveer a Argentina de medio centenar de buques guardacostas marítimos nuevos con tecnología de punta a razón de u$s 37 millones la unidad.

Pero para ello habría que cambiar las leyes de pesca, que al igual que las leyes mineras y las leyes forestales sirven solo para recaudar insignificantes sumas por permisos y cánones, cosa difícil en el país por la extorsión abusiva de algunas industrias y el cohecho estatal del cual históricamente se sirven funcionarios deshonestos, y que aparece como la causa de la persistente depredación de nuestros recursos naturales.

A pesar de ello las explotaciones industriales en nuestro mar, como la minería, hidrocarburos, energía, naviera, comercial marítima, pesca y turismo, y actividades relativas a ellas podrían dar un giro de 180º al destino económico del país.

El mar podría brindar empleos directos, indirectos, asociados, vinculados y de interacción a unas 3,5 millones de personas en Argentina, es decir al 8% de su población.

Se podría concluir con el desempleo y terminar con los abusos de alzas de tarifas, inflación y ajustes hacia abajo que administración tras administración aplican, cada una con diferentes fundamentos pero metodológicamente en forma idéntica.

Una de las responsabilidades del ARA San Juan declaradas fue justamente la del “control de la pesca ilegal”, en la ubicación en la que desapareció.

Otro elemento a tener en cuenta es la torpe postergación el ejercicio de los derechos argentinos hasta la milla náutica 350 como Z.E.E., asunto que parece a ningún funcionario importar luego de más de 20 años de estudios y el reconocimiento de las Naciones Unidas en 2016, ya hace dos largos años.

No cabe la menor duda que por la densidad del recurso pesquero en la ubicación donde se perdió el submarino, el lugar es por exclusión el más indicado para la observación y evaluación del ejercicio jurisdiccional de Argentina hasta las 350 millas náuticas.

Pero vamos a la tercera definición: el área donde se perdió el S-42 constituye un nicho de hipótesis de conflicto latentes en materia diplomática y de soberanía, ambas que arrastran tras de sí las cuestiones de la defensa y el armamento.

No es cierto que ya no existen esta clase de hipótesis aunque con discurso tras discurso se lo niegue públicamente, de hecho en las doctrinas militares de muchos países se estudia el “conflicto por la Antártida” como uno de los más serios a enfrentar por la humanidad.

Y hablar del mismo es hacerlo de los espacios territoriales marítimos y oceánicos del Atlántico Sur, la relación entre las naciones latinoamericanas, los bloques hemisféricos de naciones y las virtudes y defectos de las organizaciones supranacionales diseñadas para tiempos de paz y aquellas para tiempos de guerra.

Argentina no reconoce estas hipótesis de conflicto y cede habitualmente ante la protesta internacional de países que, infractores habituales por ejemplo en la pesca, son esperables potenciales “inversores” tal como ocurrió recientemente con China y España.

Mientras tanto las grandes naciones con visión periférica a largo plazo sobre todo en relación al acceso a los recursos naturales, ensayan en la teoría escenarios de defensa y disponen la mejor infraestructura para el despliegue de los mismos si fuera necesario.

Un ejemplo de esto es la carretera antártica de 1.600 kilómetros que llega al polo sur, una ruta desarrollada con propósitos de conectividad polar que incluso puede ser transitada en bicicleta.

Y otro ejemplo son los incontables relevamientos de carácter geográfico, climático, topográfico, hidrográfico y sísmico ente muchos otros de todo el Atlántico Sur, de los cuales Argentina apenas es partícipe y que nos llevan al menos medio siglo de ventaja en el conocimiento de nuestro entorno marítimo.

Argentina hace en y por su mar, pero en una escala insignificante en comparación con lo que podría hacer, si quisiera.

Por último y como cuarta definición, destaco una serie de coincidencias en relación a la ubicación de pérdida del ARA San Juan que tienen que ver con informaciones institucionales hechas públicas o captadas a través de procedimientos judiciales.

Las mismas parecen fruto del azar pero podría haber detrás de ellas, patrones que con un análisis adecuado podrían entregar nuevos elementos de juicio.

Tengamos en cuenta que en el mar nada es coincidencia, especialmente en la pesquería de la “milla 201 entre los 46º y 48º Sur, que fue justamente el área del incidente del S-42.

Esperaba que con tres largos meses de ir yéndose de a poco el submarino de las grandes cadenas de comunicación que laten a pulso del gobierno de turno, esa ausencia tal vez fuera reemplazada por una vocación de estadista del actual gobierno federal; tal vez creando un cuerpo especial de búsqueda, salvamento y rescate con embarcaciones nuevas y equipadas con tecnología para llegar al fondo oceánico.

Tal vez preparando personal e incluso trabajando inter institucionalmente a nivel global ya que Argentina tiene recursos humanos incluso para innovar en materia de diseño industrial y naval.

Una inversión sin importar el monto que sería bienvenida en al Atlántico Sur porque ningún país de la región tiene esa clase de medios radicados localmente y es indudable que son necesarios, habría sido un gesto grande.

Pero por el contrario me encontré con un discurso diminuto acompañado por el cliché del disertante golpeando los apuntes contra la mesa como expresando “ya no hay más para decir del tema”.

Es cierto que el mar “es inmenso”, aunque no tanto como para abandonarnos frente a él; pero el submarino no “es pequeño” porque una nave es en esencia su tripulación, sus familias y a quienes representan… y los 44 nos representan a todos los argentinos.

Extrañó además en este marco de “dimensionar” el incidente del submarino, que existan recompensas de $ 1.500.000 por un prófugo de la justicia, mientras que por cada tripulante del ARA San Juan solo se ofreció $ 2.227.272, una cifra insustancial si consideramos que son pocos quienes podrían tener éxito en la búsqueda.

En la próxima y última entrega trataré el tercer asunto: el fondo marino. (Agencia OPI Santa Cruz).

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