Día del periodista

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Día del periodista

Día del periodista, esta costumbre de fijar fechas para reformular conciencias y recordar principios. Tal vez en la sociedad multimedial, hiperinformada, cruzada por la velocidad y la inmediatez de las comunicaciones, el rol del periodista aparezca o se vea algo desdibujado. Pero no es así. En medio de este fárrago de medios, redes sociales, comunicaciones interpersonales y el mundo satelitizado el cual nos permite fundir distancias y hace menos fácil “desaparecer” por obra y gracia del ubicador serialllamado GPS, el trabajo del periodista se ve replegado (una vez más) a pensar y analizar, que a disparar “exclusivas” lo cual, debido a todo lo mencionado antes, son tan efímeras como incompletas.

El periodismo actual, entiendo, debe replantearse en este nuevo marco, su accionar como estrato profesionalizado, capaz de marcar la diferencia con la información “inmediata”, “urgente” o “exclusiva”, sustituyendo estos conceptos efímeros que son desactualizados y postergados por las mismas redes sociales, por la generación de un contexto, la profundización en los hechos mismos y fundamentalmente el análisis. Es decir, el periodista de hoy, tiene un rasgo más conductor que informador. La información per se existe y se transmite por el mundo a una velocidad increíble, pero viaja sola, escasa, contaminada e incompleta. El verdadero trabajo del periodista actual, es encontrar la profundidad y pasar de comunicador e informativista de hechos, a constructor de una historia que debe armar como un puzzle y entregar a su audiencia, en lo posible, completa y expuesta en todas sus partes. Al destinatario se le debe dar el panorama completo; el análisis final no es inherente al periodista. Pensar que el periodista puede influir hasta modificar conductas, es subestimar al receptor.

Ese tránsito lo puede hacer mediante investigación personal, uso de la web, análisis documental público, privado o judicial, entrevistas, fuentes en off o abiertas e interminables recursos que nos permite hoy la tecnología, con la obligación de no usar el camino fácil que proponen las redes sociales o caer en el entramado insidioso de las noticias falsas, disparadas desde todos los rincones para confundir, operar o distorsionar la realidad. Es decir, el periodista de hoy es un “cirujano de la información”, alguien que debe desmenuzar los conceptos y lidiar con las interpretaciones, en muchos casos antojadizas y parciales, muchas veces enraizadas con las mismas fuentes. Con lo cual, ser periodista en la actualidad no es copiar y pegar, ni aplica para la nueva era el viejo concepto de “noticia pura/acética”, sino que el profesional de hoy es un verdadero desarrollador de la noticia.

Y aquí vamos a otro problema: la profesionalización y la ideología. Ya no es importante, es fundamental que quien se decida a hacer periodismo pase por una universidad. Si bien es cierto que el verdadero profesional se construye dentro de uno mismo y en base a las experiencias se modela, no es menos cierto que las competencias se deben adquirir; y el único lugar donde está el conocimiento es en un aula universitaria. La calle no hace periodistas, lo hacen las aulas.

Podemos discutir luego si hay o no un sesgo orientativo/ideológico de esa universidad que pretenda cofundar con el cuerpo de profesores grupos de periodistas influidos o “ideologizados”, pero hoy el profesional de los medios no puede carecer de criterio ni saber lo que hacen o cómo hacerlo detrás de un teclado o un micrófono. El periodista actual debe tener “la cabeza abierta”, metáfora de la multivisión, carencia del periodista militante, lo cual en mi humilde entender no es periodismo puramente establecido, sino más bien un difusor de propaganda política, defensor partidario y negacionista por antonomasia. Y si bien siempre existieron, en los 12 años del kirchnerismo se exacerbó este perfil de periodista que continúa hoy fuertemente afincado en la Argentina y la provincia, teniendo como contrapartida una pléyade de periodistas partidarios del macrismo, que contraponen información pero no suman al concepto de periodismo puro, sino partidario. Lo peor es que entre todos ellos, hay excelentes profesionales desperdiciados, quienes han caído en una sola grieta: la moral.

El mercantilismo, también es parte de la empresa periodística, que nada tiene que ver con el periodismo. Pero ningún periodista que trabaje en relación de dependencia, puede o debe sostener el principio de “Obediencia debida (o de vida)” con el propietario de un canal, una radio o un diario, para justificar su pertenencia a un sector o mancillar la verdad, por la pauta que no quieren perder sus patrones. Hoy la web, tanto en el plano gráfico, radio y Televisión, le da la posibilidad a cada periodista de ser desarrollador de su propio proyecto. A veces la comodidad y el interés político le ganan la pulseada a la iniciativa y en muchos casos es más cómodo ser empleado, a pesar del recorte de idea y conciencia al que se somete, que ser libre con más incertidumbre en el bolsillo.

El periodismo es contra poder, todo lo demás, lo que hable de lo bueno que son los gobernantes, los candidatos, la oposición o resalten más las virtudes de una política (social, educativa, económica,etc), sin contrastarla con la «otra parte de la verdad«, es propaganda política. ¡Feliz día del periodista!. (Agencia OPI Santa Cruz)

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  1. Juan José de Soiza Reilly, un cronista y su tiempo

    Todavía resuena en mi memoria el grito con que terminaba sus incursiones radiofónicas: «¡Terminó mi cuarto de hora!» Era don Juan José de Soiza Reilly (1879-1959), periodista de raza, «el primer cronista internacional argentino», como se lo califica en el prólogo de uno de sus libros, y también personaje pintoresco cuando Buenos Aires contaba con varios ejemplares de esa grey de bohemios, habitués de la calle Florida y polemistas de café, tan característica de Buenos Aires a comienzos del siglo pasado. Un amigo generoso me facilita un ejemplar de Las mil y una anécdotas, de Soiza Reilly, donde abundan las referencias al teatro y su gente, de las que extraigo algunas para la columna de hoy.

    Sabido es que el magnífico Teatro Cervantes, en Córdoba y Libertad, fue el regalo de la pareja de actores españoles María Guerrero-Fernando Díaz de Mendoza a la ciudad y al país que los recibía siempre con interminables aplausos. Se procuró recrear una ambientación española en tiempos de Felipe II: todos los materiales –azulejos, lámparas, barandillas de hierro forjado, tapizados, muebles– fueron traídos de España y atentos a los mínimos detalles de fidelidad al estilo de la época. Cuenta Soiza Reilly que la mayor preocupación de doña María era: «¿Cómo llamaremos a los retretes, a los excusados? W.C. es en inglés; retrete no es usual en la Argentina; baño, me parece muy ambiguo…». Y pidió ayuda al comediógrafo argentino Enrique García Velloso, quien de inmediato dio con la solución: «Pondrás sendas placas de cerámica que indiquen «Aquí, señoras; aquí, caballeros »». Así se hizo y hasta no hace muchos años las placas perduraron.

    Soiza Reilly describe a Garcías Velloso (autor de Eclipse de sol, Fruta picada y tantas otras comedias encantadoras, que de vez en cuando convendría revisar) como un hombre de extrema generosidad, que solía pasar aprietos económicos por ayudar a los demás. Ingenioso, infalible animador de tertulias, jamás pedía nada a nadie, y cuanto mayor era la escasez, con más cuidado se vestía y prodigaba su ingenio. En un tiempo fue empresario de Parravicini, el padre de los Serrador, famosa dinastía de actores. García Velloso atravesaba uno de sus períodos de sequía y le pidió mil pesos a Serrador, a cuenta de una comedia que acababa de escribir, destinada al célebre actor. «Muy bien –le dijo el empresario–, esta noche después de la función, leerás tu comedia a la compañía y, si gusta, te daré los mil pesos». Así se hizo (era Fruta picada y fue un gran éxito al estrenarse) y la lectura fue aplaudida: Serrador abrió su billetera y entregó el dinero al autor, quien enrolló las hojas de su manuscrito y se dispuso a marcharse. Parravicini se le acercó y le pidió: «¿Me permitirías leer algunos pasajes? ¿Cómo hiciste para escribir esa comedia en tan poco tiempo?» A lo que contestó el interpelado: «Todavía no la he escrito, acabo de improvisarla de cabo a rabo». Y le mostró las hojas en blanco.

    Según Soiza Reilly, el otro Florencio, Florencio Sánchez, cuando invitaba a sus amigos y colegas a su humilde casa, les enseñaba una pared en que la que había dibujado unos recuadros dentro de los cuales se leía: sala de fumar, salón comedor, biblioteca, jardín de invierno… «Se trata de poner en juego la imaginación –explicaba el autor de Barranca abajo –: por algo escribo teatro».

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