Donald Trump impone trabas a los estudiantes internacionales: ¿Cuánto afecta a la imagen exterior de Estados Unidos?

0
173
Donald Trump impone trabas a los estudiantes internacionales: ¿Cuánto afecta a la imagen exterior de Estados Unidos?

El anuncio del Gobierno de que los estudiantes extranjeros cuyas universidades no ofrezcan clases presenciales deberán irse del país de inmediato o serán deportados puede debilitar la influencia del país en el mundo. En la lista de beneficiarios de los programas de intercambio hay más de 450 jefes de Estado y de Gobierno además de 75 premios Nobel.

“No puedo pensar en un activo mayor para nuestro país que la amistad de los futuros líderes mundiales que han sido educados aquí” en Estados Unidos, dijo Colin Powell en el 2001, un reconocimiento explícito del valor que la educación superior tiene para el poder global de Estados Unidos. La cantera está bien nutrida. La lista de beneficiarios de los programas de intercambio de estudiantes incluyen a más de 450 jefes de Estado y de Gobierno además de 75 premios Nobel, según el Departamento de Estado.

El anuncio del Gobierno de EE.UU. de que los estudiantes extranjeros cuyas universidades no ofrezcan clases presenciales deberán irse del país de inmediato, so pena de ser deportados, ha vuelto a poner de relieve la importancia de la educación en el poder blando – soft power– de un país, lo que Joseph Nye definió como su capacidad para afirmar su influencia no mediante la fuerza militar o la coerción económica (el poder duro) sino por la atracción que generan su cultura, ideales y políticas.

La orden de la administración Trump es una ruptura con la tradición de EE.UU. de dar facilidades para que las mentes más brillantes lleguen y se queden, mientras sabe que los que vuelven a sus países a menudo se convertirán en embajadores informales, en heraldos de las bondades de la cultura americana. ¿Sigue siendo válido todo esto en el 2020? ¿Son realmente queridos todavía en EE.UU.? “Hace que te lo replantees”, admite el barcelonés Marc Ibáñez, estudiante de máster en Yale, becado por La Caixa.

“Tener estudiantes extranjeros en los campus de EE.UU. es una gran forma de convertir a los no americanos en proamericanos”, defiende Richard Haass, presidente del centro de estudios internacionales Council on Foreign Relations . “Es una gran manera de introducirlos a nuestros ideales y convencerlos de que se los lleven con ellos a casa. Parece que lo que ahora intentamos es que se alejen de nosotros y nos den la espalda”.

El anuncio ha tomado por sorpresa a la comunidad educativa. Muchos confiaban en que, en primavera, se haría una excepción y, aunque las clases fueran online, se permitiría seguir en el país a los estudiantes con visados F-1 y M-1. El futuro de alrededor de un millón de alumnos extranjeros, la mitad de ellos procedentes de China e India, está en el aire. También los planes e ingresos de las propias universidades. “El proceso de selección de candidatos a cursar el doctorado es larguísimo. La orden ha tirado por la borda un año de trabajo”, explica desolada la profesora Ester Villalonga Olives, que da clases de epidemiología en la universidad de Maryland y trabaja en proyectos relacionados con la Covid. Parte de los seleccionados en principio no podrán ir porque de momento solo se piensa en clases online, algunos de segundo curso se fueron por la pandemia y no pueden volver porque no pueden renovar sus visados… “Estamos todos en el limbo”, resume esta menorquina, que llegó a EE.UU. el 2013 para hacer el postdoctorado en Harvard.

Los beneficios que dejan los universitarios extranjeros son también económicos. Las tasas que pagan son más altas y se han convertido en una fuente de ingresos crucial para muchos centros, inquietos porque el virus, las restricciones de viaje y la suspensión de los visados les deje sin estos preciados ingresos. En el 2018, generaron 41.000 millones de dólares y 458.000 empleos. Hasta tal punto son las universidades una industria para EE.UU. –un “bien de exportación”, según la definición del profesor Hans Noel, de Georgetown– que en uno de cada cinco estados son el principal empleador.

Diplomáticos y académicos han salido en defensa de los estudiantes extranjeros. “La orden surgió de la nada. Su crueldad solo es superada por su insensatez. Pensamos que la orden (…) es una mala política pública y creemos que es ilegal”, afirma Lawrence Bacow, rector de Harvard, que junto con el MIT ha demandado al gobierno federal, al igual que el estado de California, adonde miles de estudiantes llegan atraídos por Silicon Valley.

Varias instituciones planean dar pasos similares mientras los estudiantes recaban firmas y apoyos para pedir al gobierno que reconsidere su postura. Algunos centros estudian ofrecer asignaturas optativas con un número ínfimo de horas presenciales solamente para sortear la orden de Trump.

Las universidades denuncian el carácter político y electoralista de la medida. “Parece que fue diseñada a propósito para presionar a los institutos de educación superior y universidades para que abran sus aulas” este otoño “sin tener en cuenta las preocupaciones por la salud”, sostiene el rector de Harvard, que recuerda que en la primera semana de julio Estados Unidos registró 300.000 nuevos casos de Covid. Trump sostiene que su negativa a reabrir es una conspiración de las universidades con los demócratas para que pierda la reelección en noviembre.

Aunque los recursos legales prosperen, la incertidumbre creada por la orden perjudicará a las universidades estadounidenses, y beneficiará a Canadá y otros países con los que EE.UU. compite por los mejores estudiantes. En los últimos cuatro años, su cifra de visados a universitarios internacionales no ha dejado de caer. Hay más trabas. Y menos peticiones. “China recibe ya más estudiantes de África que EE.UU. y el Reino Unido juntos”, advierte David Di Maria, vicerrector de la universidad de Maryland. La orden es “el último paso atrás en nuestro compromiso global y deja el camino libre a otras naciones”, lamenta.

Desde la llegada al poder de Trump, un enamorado del poder duro, el soft power de EE.UU. se ha reducido según el índice Portland Soft Power, recuerda Nye en su análisis del 2019. Pero “dado que no sólo depende de las políticas oficiales sino también del atractivo de su sociedad civil (…) no hay motivo para creer que no se recuperará” cuando deje la Casa Blanca. “Una mayor inversión en diplomacia pública sin duda ayudaría”, añade. (Clarín)

Dejar una respuesta

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí