Sin barbijo y ante 500 personas: cómo fue la primera audiencia del Papa con fieles después de seis meses

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Sin barbijo y ante 500 personas: cómo fue la primera audiencia del Papa con fieles después de seis meses

Por: Elisabetta Piqué

Barbijos, alcohol en gel, distanciamiento social. Pero también mucha emoción. Fueron los ingredientes de la primera audiencia general que el Papa volvió a tener hoy con fieles después de seis meses de “ayuno” debido a la pandemia del coronavirus. La vuelta del cara a cara entre el Pontífice -el único sin mascarilla y evidentemente feliz- con su grey, no tuvo lugar en la Plaza de San Pedro, como es tradición, sino en un espacio mucho más pequeño, pero igual de impactante: el Patio de San Dámaso, recinto al que suelen llegar los jefes de Estado u otros visitantes ilustres cuando son recibidos por el jefe máximo de la Iglesia católica, en el Palacio Apostólico.

En este maravilloso lugar, rara vez accesible y diseñado hace 500 años por artistas de la talla de Miguel Ángel, Rafael y Bramante, el Vaticano armó una nueva escenografía. Como aún están prohibidas las aglomeraciones porque el virus, aunque bajo control, sigue circulando, colocó 500 sillas, por supuesto distanciadas.

A partir de las 7.30, allí comenzaron a llegar decenas de fieles de todo el mundo, muchos sacerdotes, monjas -algunas de Vietnam, con hábitos tradicionales-, familias, turistas y romanos, todos conscientes de estar protagonizando un momento único. “Es emocionante estar aquí, esto demuestra que todo se está normalizando”, dijo a LA NACION Anna Meconi, una guía turística polaca, que vive en Italia desde hace 20 años. “Todas las guías turísticas hemos perdido el trabajo, la situación es difícil, durante el lockdown lo vi al Papa rezando sólo en la plaza y apenas me enteré que retomaba las audiencias con fieles quise venir a acompañarlo para rezar por tiempos mejores”, agregó.

“Nos tomamos microvacaciones después de toda la locura que tuvimos con el Covid y cuando supimos de la audiencia presencial del Papa no dudamos en venir para agradecerle a Dios por la vida y pedirle que se acabe el virus”, contaron Jed y Frances, dos filipinos que trabajan como enfermeros en Londres.

A diferencia de los tiempos pre-coronavirus, nadie necesitó ticket de entrada para participar de la audiencia general. Sí todos debieron sortear los controles de temperatura y de seguridad que hay debajo de la columnata de Bernini y lavarse las manos con alcohol en gel disponible en dispensers presentes a lo largo del recorrido, muy bien señalizado, para llegar hasta el Patio de San Dámaso.

Imposible no quedarse boquiabiertos al atravesar el famoso portón de Bronce, la entrada del Palacio Apostólico -donde ahora las guardias suizas incorporaron a su multicolor uniforme el barbijo- y al subir por la escalera de mármol de Pío IX que lleva al Patio, por primera vez utilizado para un evento multitudinario.

Aunque no tuvo un baño de masas como los que solía tener en tiempo pre-Covid, debido a la cantidad mucho menor de gente, al llegar a la cita, pasadas las 9 de la mañana, a bordo de su modesto Ford Focus azul, Francisco fue saludado por aplausos y algunos gritos de “¡Viva il Papa!”. Entonces impresionaba el silencio de la multitud, muy tímida y nada eufórica.Fue el exarzobispo de Buenos Aires quien, después de 189 días sin audiencias generales presenciales -la última fue el 26 de febrero y luego hubo solamente por streaming desde la Biblioteca del Palacio Apostólico-, rompió el hielo. Fiel a su estilo de pastor, comenzó a saludar como siempre, uno por uno -y también con el codo-, a las personas que enseguida se acercaron al corralito que delimitaba el corredor que lo llevó hasta su estrado. Bendijo presentes, firmó cartas, intercambió una papalina con un cura, hizo chistes y tomó y besó la bandera del Líbano que le acercó un sacerdote de ese país.

“Después de muchos meses retomamos nuestro encuentro cara a cara, no pantalla a pantalla… ¡Esto es lindo!”, exclamó Francisco al principio de la catequesis que, como viene haciendo desde agosto, giró en torno a cómo sanar al mundo después de la pandemia. Al respecto, destacó la importancia crucial de la solidaridad, que consideró una cuestión de justicia. “La solidaridad hoy es el camino hacia un mundo pospandemia, hacia la curación de nuestras enfermedades interpersonales sociales. No hay otro”, dijo. “O seguimos el camino de la solidaridad o las cosas serán peores”, advirtió. “Quiero repetirlo: de una crisis no se sale iguales que antes, se sale mejores o peores. Debemos elegir. Y la solidaridad es un camino para salir mejores, no con cambios superficiales, con una mano de pintura y listo. ¡No! Mejores”, insistió.

Llamamiento por el Líbano

Al final, Francisco lanzó un llamado a la comunidad internacional para que ayude al Líbano a salir de la grave crisis en la que se encuentra después de la terrible explosión del 4 de agosto pasado y convocó a una jornada de ayuno y oración para el viernes próximo. Lo hizo acompañado por Georges Breidi, sacerdote libanés que había saludado al principio, al que mandó a buscar entre la multitud, en un gesto improvisado que conmovió a todos. “Es un genio, sólo él logra detectar estas cosas”, comentó a LA NACION, por lo bajo, un estrecho colaborador del Papa.

Terminada la audiencia, como siempre Francisco se acercó a felicitar a parejas de recién casados, vestidos de novios, entre los cuales se destacaban dos periodistas vaticanistas norteamericanos, John Allen y Elise Harris.

Evidentemente sediento del contacto cara a cara con la gente, luego el Papa, muy sonriente, se quedó largo tiempo saludando, uno por uno, a decenas de fieles. Bendijo a un niño enfermo que le acercó una monja, recibió dones y bromeó con compatriotas presentes, como Jeremías Aguirre, sacerdote correntino y religioso de los teatinos, que estudió en el Colegio Máximo de San Miguel, de los jesuitas, del que fue rector Jorge Bergoglio en su juventud.

Cuando volvió a subirse al Ford Focus azul que lo esperaba para volver a la residencia de Santa Marta, entre aplausos, su rostro irradiaba felicidad. (La Nación)

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