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Juicio a El Chapo: las increíbles revelaciones de su principal proveedor de cocaína

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13:00 El colombiano Juan Carlos Ramírez Abadía testificó ante el jurado. Esto dijo.

Como uno de los productores más grandes del mundo de cocaína colombiana, Juan Carlos Ramírez Abadía tenía dos grandes virtudes: se podía adaptar todo el tiempo y era un obsesivo total con los detalles de su negocio.

Cuando las autoridades de Estados Unidos comenzaron a usar aviones con radares para detectar sus vuelos con droga hacia México, Ramírez simplemente cambio a barcos. Cuando cocinaba cocaína en laboratorios en la profundidad de la selva colombiana, con frecuencia hacía controles de calidad, asegurándose que fuera de máxima pureza o “inmejorable”, decía.

Pero Ramírez, un ex líder del Cartel del Valle del Norte, era famoso por otra cosa, según dijo este lunes al jurado: era el principal proveedor de Joaquín Guzmán Lorea, el capo narco mexicano conocido como El Chapo. En su segundo día como testigo del gobierno norteamericano en el juicio contra Guzmán en una Corte de Distrito de Brooklyn, Ramírez detalló su relación de 17 años con el acusado, describiéndola como la asociación central en una de las operaciones narco más rentables de la historia moderna.

Conocido como Chupeta, Ramírez se presentó en el estrado como un hombre consumido por las minucias de su negocio, recordando cómo interrogaba siempre a sus pilotos después de cada vuelo y revisaba cada línea del detallado libro contable que llevaba. Orgulloso al punto de la arrogancia, casi nunca usó la palabra “cocaína” sin tener que recordarle al jurado que era su cocaína.

Ramírez también estaba obsesionado con su seguridad personal. Al principio de su carrera, dijo, después de ser arrestado en Colombia, no solo sobornó a las autoridades para que lo dejaran en libertad sino que también les pagó para que borraran de los registros oficiales cada rastro de su existencia.

Antes de ser arrestado otra vez, en 2007 en Brasil, alteró toda su cara con varias cirugías plásticas. Su nuevo aspecto: ojos más angostos, pera más afilada y pómulos severamente angulosos, le dieron el aspecto de un vampiro.

La semana pasada, en su primer día como testigo en el juicio, Ramírez le dijo al jurado que a Guzmán lo vio por primera vez en 1990 en el lobby de un hotel en Ciudad de México. Un novato en la escena de la droga, el acusado –recordó Ramírez– ofreció traficar 4.000 kilos de cocaína (“mi cocaína”, dijo) a Los Ángeles desde México por el 40% de la carga.

Eso era un poco más que el 37% que cobraba la mayoría de los traficantes mexicanos, dijo Ramírez. Pero Guzmán lo convenció con un tono convincente y atrevido.

“Dijo ‘soy mucho más rápido'”, recordó Ramírez. “Pruébeme y verá”.

De esta manera comenzó una alianza duradera que se extendió por casi 20 años y permitió que casi 400 toneladas de cocaína colombiana fueran llevadas a México y luego embarcadas a través de la frontera hacia los Estados Unidos, declaró Ramírez. Inicialmente, los socios usaban aviones para transportar la carga hasta las pistas clandestinas de Guzmán en México. Más tarde, cambiaron a barcos pesqueros, que intercambiaban la carga en encuentros encubiertos en medio del mar.

Las condiciones del acuerdo era simples. Una vez que la cocaína pasaba la frontera, Guzmán se quedaba con el 40% y lo vendía en los Estados Unidos, dijo Ramírez. Los hombres de Ramírez reclamaban el resto para venderlo ellos.

Las ganancias eran aparentemente extraordinarias. Desde 1990 a 1996, dijo Ramírez, Guzmán ganó tanto como 640 millones de dólares vendiendo la cocaína del colombiano.

Ramírez ejercía un control excesivo sobre el negocio de Guzmán. Cuando los socios reemplazaron las rutas aéreas por las oceánicas, Ramírez puso capitanes colombianos en los barcos mexicanos y a uno de sus empleados para manejar la radio que se usaba desde tierra para mantener contacto constante con las naves.

“¿Sería justo decir que usted era un jefe involucrado?”, le preguntó un fiscal.

“Siempre”, contestó Ramírez.

Pero tanta concentración no fue suficiente para evitar el desastre de ocasión.

A principios de los ’90, por ejemplo, Ramírez contó que llevó un barco de pesca con 20 toneladas de cocaína al Océano Pacífico para reunirse con un barco mexicano propiedad de y operado por Amado Carrillo Fuentes, uno de los aliados de Guzmán en el cartel de Sinaloa. Pero el capitán de Carrillo Fuentes, un adicto a la cocaína, empezó a tener visiones inducidas por la cocaína de que barcos de la Guardia Costera de EE.UU. estaban cerca. Ante el temor de ser atrapados, dijo Ramírez, el capitán mexicano hundió el barco y perdió 400 millones de dólares en cocaína.

En 1996, Ramírez dijo que se entregó a las autoridades colombianas, prometiendo desmantelar su imperio y purgar tanto como 24 años de prisión. Pero al final, como siempre, sobrevivió.

Dijo que pagó varios millones de dólares a funcionarios corruptos en su país. Fue dejado en libertad después de poco más de cuatro años en la cárcel.

Después de ser liberado, Ramírez se adaptó otra vez y logró un nuevo acuerdo con Guzmán y sus aliados. Según este acuerdo, Ramírez cerró su negocio de distribución en EE.UU. También permitió a Guzmán traficar su cocaína a través de la frontera y venderla por su cuenta en Los Ángeles, Chicago y Nueva York, dijo.

Si bien esto era un gran paso para Guzmán, para Ramírez era otra cosa. Por entonces, explicó, el gobierno de EE.UU. le pisaba los talones y pronto lo acusaría y buscaría su extradición. Se declaró culpable en 2010.

Trataba, como siempre, de sobrevivir.

“Quería estar detrás del telón”, dijo.

Por Alan Feuer. c.2018 New York Times News Service

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