Boris Johnson sigue en terapia y suben los casos

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Boris Johnson recibe oxígeno tras ser hospitalizado

Por: Luisa Corradini

Después de cuatro años de psicodrama nacional en torno del Brexit, Gran Bretaña no necesitaba esto: una epidemia de Covid-19 que azota con tanta violencia al país que las cifras de muertos causan escalofríos y un primer ministro, Boris Johnson, cuya ligereza para evaluar el peligro terminó por conducirlo a terapia intensiva.

Las idílicas escenas del domingo pasado en Battersea Park, el espacio verde más importante al sur del Támesis, donde miles de londinenses disfrutaron de un primer día primaveral, se convirtieron dos días después en el símbolo de la pesadilla: 55.940 casos de Covid-19 ayer (3634 más que anteayer), 6171 muertos (786 en 24 horas) y un primer ministro debatiéndose entre la vida y la muerte en el Hospital St. Thomas de Londres.

“Battersea el domingo fue exactamente la alegoría de lo que no había que hacer y que el gobierno británico no fue capaz de imponer. Nadie respetó la distancia social, nadie usaba barbijos, los senderos estaban atestados de runners y ciclistas. Sobre todo, no había un solo agente de policía para multar”, relata el periodista John Buttler.

La escena muestra hasta la caricatura los errores de la política demasiado tardía de lucha contra el coronavirus en el Reino Unido, en momentos en que los muertos aumentan y en los que, frente al flujo ininterrumpido de admisiones en reanimación, las autoridades sanitarias se declaran “desbordadas”.

La falta de preparación fue impensable. En Gran Bretaña no hay guantes ni barbijos ni prendas de protección para el personal del Servicio Nacional de Salud (NHS). La negativa del gobierno pro-Brexit de participar en un programa de compra conjunta de respiradores de la Unión Europea, la desorganización administrativa y la preferencia otorgada a los grandes grupos industriales inexperimentados en la fabricación de aparatos, en vez de a las pymes especializadas, dejaron al descubierto enormes lagunas.

Debido a las tergiversaciones del primer ministro, que se negó a decretar el confinamiento durante los primeros 15 días de pandemia, el Reino Unido se encuentra cinco pasos atrás en relación con sus vecinos del Viejo Continente.

“Que el inquilino del 10 de Downing Street; el ministro de Salud Pública, Matt Hancock, y el director nacional de salud, Chris Whitty, fueran víctimas a su vez del virus no hizo más que agravar la situación”, señala Buttler.

Cuando todo comenzó -y al igual que Donald Trump en Estados Unidos- el equipo conservador gubernamental decidió privilegiar la actividad económica en vez de la sanitaria. Los dos generosos planes para ayudar a empleados y trabajadores independientes implementados con celeridad por el secretario del Tesoro, Rishi Sunak, atestiguan de ese tropismo pro-business .

A pesar de esas medidas de ayuda, los expertos apuestan a una recesión mucho más grave que durante la crisis financiera de 2008.

“Teniendo en cuenta el derrumbe de los dos pilares del crecimiento británico, el consumo y el mercado inmobiliario, lo peor todavía no llegó”, afirma el economista Allan Monks, del banco JPMorgan,

A su juicio, para salir del marasmo serán indispensables un consistente aumento de impuestos y una severa cura de austeridad. Exactamente lo contrario de lo que Johnson había prometido en su campaña electoral del 12 de diciembre.

Único consuelo, el dispositivo antipandemia logró abrirse camino. Más de 700.000 británicos se declararon voluntarios para ayudar al millón y medio de compatriotas considerados “vulnerables” y a los empleados del NHS.

En tiempos de dificultad, los británicos se vuelcan hacia las instituciones más tradicionales en busca de consuelo. Y la monarquía es la primera de ellas. En cuarentena después de haberse contagiado el virus, el príncipe Carlos, de 71 años, se hizo filmar la semana pasada aplaudiendo durante un homenaje nacional al personal sanitario. Sus tres nietos, Jorge, Charlotte y Luis, hicieron lo mismo desde Norfolk, donde se confinó la familia del duque de Cambridge.

En cuanto a la reina Isabel II, de 93 años y en excelente estado de salud, pronunció el domingo por la noche un excepcional mensaje televisado, el quinto en sus 68 años de reino. Preocupada por las violaciones del confinamiento, la soberana -vestida de verde, el color de la esperanza- pidió a sus súbditos “disciplina, unidad y solidaridad”.

Tres minutos después se conoció la hospitalización de Boris Johnson. Antes de ser infectado por el Covid-19, contrariamente a la inquietud de la reina y con la ligereza que lo caracteriza, el primer ministro se había jactado en público de “seguir dando la mano a todo el mundo” en plena pandemia. (La Nación)

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